Vamos a intentar ponernos por un momento en la piel de los DJ que, sin hacer ningún esfuerzo especial para ser seductores, resultan irresistiblemente atractivos a los ojos de la mayoría. Eso les ocurre a todos o casi todos los DJ, pero aunque visto desde fuera puede parecer una situación casi idílica, tampoco hay que descartar que algunos de ellos estén un poco cansados de una dinámica que acaba convirtiéndolos poco menos que en la pieza más codiciada del local.

Sven Vath
Estadística favorable
En el caso de los ligones, siempre les viene bien que la gente se acerque a la cabina aunque no tenga ni el más mínimo interés por la música que están poniendo. Es muy posible que no se sientan atraídos por muchas de las personas que intentan captar su interés, pero la estadística acostumbra a ser implacable y a lo largo de la noche siempre aparece alguien más apetecible.
Candidatos molestos
En el caso de los no ligones, o más claramente de los que no se acostarían con ninguna o ninguno de sus incondicionales ni por todo el oro del mundo, la afluencia de candidatos puede acabar siendo bastante molesta. De todas formas, acostumbran a tomárselo con calma y profesionalidad, sin cruzar jamás la línea que separa la simpatía del interés descarado.
Desfile constante
Visto desde fuera, resulta bastante divertido contemplar el ir y venir de aspirantes a amante de DJ a lo largo de una noche. Si el DJ es de los que se hacen rogar o de los que son directamente inasequibles, el desfile puede ser constante y plomizo. Me voy pero volveré a intentarlo dentro de un par de canciones, parecen pensar algunas de las personas que, cubata en mano, no acaban de darse por aludidas cuando el DJ les dice que tiene que trabajar.
Distancia y frenesí
Todavía son mejores las discusiones o encontronazos físicos o verbales de los candidatos, ajenos casi siempre a la distancia que el DJ establece con todos ellos desde que empieza a sonar la música. Porque lo más probable, por lo menos en el caso de los DJ que se han ganado a pulso un respeto unánime y están más interesados en pinchar que en mojar, es que casi ni repare en su presencia, inmerso como está en su frenesí particular.